martes, 16 de marzo de 2010
ಪ್ರೆದಿಕ್ಯಾಂದೋ ಅ ಜೆಸುಕ್ರಿಸ್ತೋ
Estoy constantemente abrumado por la responsabilidad y la obligación que posee el predicador de la Palabra de Dios. Todos miramos con indignación al abogado o al juez que, a raíz de la búsqueda de riquezas particulares, distorsionan la verdad al atacar la reputación y las posesiones personales de la gente, a medida que las reducen a la pobreza Respondemos con una indignación parecida ante el médico farsante que, por incompetente, pone en peligro la salud y la vida de alguien en busca de ganancias financieras. Esas personas merecen ser consideradas como criminales; el dolor y la pérdida de sus víctimas justamente debería atribuirse a ellos. Ofrecerse uno mismo como consejero o sanador para ocuparse de alguien durante un tiempo de crisis, y luego, por negligencia, incapacidad o codicia egoísta destruir sus vidas, es algo que revela falta de razón. Las asociaciones médicas y legales han establecido medidas para intentar prevenir tal negligencia. Pero ¿y qué de mí como suministrador de la verdad de Dios, el médico del alma? ¿Acaso no soy responsable ante Dios por cualquier perversión de la verdad, independientemente de cuan Ponta sea, y también por mi negligencia e incapacidad? ¿Qué asociación terrenal me regula? ¿Acaso no es cierto que yo, que predico la Palabra de Dios confronto una corte mayor que el foro legal o cualquier tribunal médico? Santiago dijo «No os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación» (Stg. 3.1) Ninguna profesión tiene un potencial tan alto de responsabilidad como la del predicador de la Palabra de Dios. Este juzgará a cualquier predicador en base a la precisión y a la certeza de su predicación. Cualquier falla como vocero de Dios no sólo ocasiona vergüenza (2 Tí 2.15) sino juicio El Espíritu Santo ha escrito que todo pastor del rebano de Dios debe «dar cuenta» (Heb 13.17). Vendrá el día en el cual el predicador tenga que rendir cuentas. Entonces sólo una cierta clase de hombre tiene derecho a ser considerado como abogado, juez o médico. El patrón es significativa-mente mayor para el predicador. ¿Qué es lo que equipa a un hombre a fin de calificar para la responsabilidad de la predicación? Podría argumentar con los siguientes elementos: reverencia ante Dios, respeto por la dignidad del deber pastoral, buen sentido, sano juicio, una manera de pensar clara y profunda, amor por la lectura, dedicación diligente al estudio y la meditación. Una buena memoria, un buen dominio de las palabras, saber cómo piensa la sociedad, todas estas características son esenciales. Es necesario un talento poco común y mucho esfuerzo para explicar los pasajes oscuros de la Escritura, así como para resolver las complicadas aplicaciones de la Palabra a las vidas y para defender la verdad en contra de sus opositores, todos estos son deberes que están en el corazón de la vida y el ministerio del predicador. Una cantidad mínima de conocimiento y habilidad jamás capacitarán al predicador para enseñar doctrina, exponer las cosas profundas de Dios, convencer la mente terca, capturar los afectos y la voluntad o iluminar las realidades oscuras para eliminar las sombras de confusión, ignorancia, las objeciones, el prejuicio, la tentación y el engaño. Pero por encima de todo, y a través de todo, el predicador debe ser hábil en el uso de la Palabra para detectar los errores de aquellos que le escuchan, para liberar hombres de sus fortalezas de ignorancia, convencer sus conciencias, tapar sus bocas y cumplir su responsabilidad de proclamar todo el consejo de Dios. La Palabra es la única arma del predicador, la poderosa espada de doble filo que es la única que corta hasta lo más profundo del alma y el espíritu.
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